El Profesor Rossa ya había dejado ese set iluminado al que llegó al canal 13 y, de alguna forma, había ordenado un poco ese sótano oscuro pero bastante más grande. Le tengo un cariño especial a esa versión instrumental del tema (que estas promos de ¡casi 1 minuto! permiten apreciar mejor), aunque también hubo una versión instrumental alternativa más calmada. Ahí estaban los tres personajes. Y en esos días, al parecer, el Profesor Rossa ya hacía bailes chistosos.
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¡No se aburra! No sea burro.
Debería existir una clase de réclames cuyo propósito es hacerte ver que lo que sea que estuvieras viendo era fome o malo y que mejor deberías estar viendo esta otra cosa. Y así eran estos réclames de Blockbuster.
Ya a mediados de los noventas, el videoclub era un negocio bien asentado y, entre ellos, los videoclubes de cadena jugaban su carta ganadora. Porque, más que tener una gran variedad de cintas, el que veían como su gran punto ganador era tener muchas copias de cada estreno. Pero no por eso no tenían sus contras. 24 horas para verla y más te vale devolverla a tiempo porque, si no, multa.
Y esos cortes de cámara, años antes que cualquier youtuber lo vendiera como creativo y novedoso. Se tenía que decir… ya cacharon.
Sorry, pero esto me saltó, me acordé que existió y es que no se podía dejar pasar. Luciano Bello para Quatro. En algo sí que estuvo en lo cierto… o casi: Quatro no pudo ser imitada. O sea, no se atrevieron y la dejaron corriendo sola.
Esta Quatro que nos llegó en los noventas fue nada que ver a la Quatro original, lanzada en 1982 en el Reino Unido. Originalmente estaba compuesta de una mezcla de 4 sabores (de ahí el nombre): piña, naranja, pomelo… y passiflora (o «fruta de la pasión»). No sobrevivió la década. Se terminó en 1989. De ahí, la reencarnación sabor pomelo que nos llegó en los noventas fue otra cosa.
Luciano Bello fue uno de nuestros personajes tevitos top de fin de siglo. Y el amor a Felipito, su creador, más vivo que nunca.
Esta variante de las Rayitas, rellenas con yoghurt, no la alcancé a probar. Duró poco, parece. Uno de los grandes baluartes de CENA en sus días de gloria. Sí, CENA, con mayúsculas porque es un acrónimo. Y asumámoslo, nosotros también considerábamos mucho más bakán una colación en forma de chocolate, o galleta o pastelitos que, digamos, una fruta. Y eso de hablar por un par de vasos plásticos unidos por una cuerdita… como que también lo encontrábamos mágico, pero era más de película gringa.
CENA sólo sobrevive como un nombre, una marca muy, muy secundaria de la que sólo existe un pan de molde. Todo lo demás, de lo que logró sobrevivir hasta hoy, actualmente es de Marinela. Y Rayitas todavía hay. Pero ya no es el mismo sabor de antes.
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Siguiendo con yoghurts para peques y a tono con el día de la madre que ES HOY (no importa lo que diga el marketing), revisemos a un memorable: el Danonino. Porque en esa época de nuestras vidas, no era raro que los peluches hablaran. Y con que nosotros mismos lo hayamos creído, basta. Pero de esto no podían saber los adultos. Imagínate, destruirían toda la fantasía. Así que, amén de una mamita que nos diera un yoghurt tras de otro (que en la vida real jamás ocurriría), siempre era bacán tener un amigo perro, oso, lo que fuera, en plan cómplice para disfrutar una de las cosas más sencillas pero más geniales de esa edad: la hora del yoghurt.
Mención aparte, y por mérito propio, para la frase «fue el perro, mami» (o, más exactamente, «fue el peyo, mami»), la cual se hizo casi del hablar cotidiano y recurso de un sinfín de chistes o, incluso, de más de algún hecho polémico del que se pretendiera encontrar un culpable, sabiendo que ese culpable nunca aparecería. Fue como, ya, qué sentido tiene saber quién fue, así que mejor tiremos la talla. «Fue el peyo, mami» y chao, harto jaja y ya fue.
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La vieja Chilectra Metropolitana. Ésa que Enel mandó a hacer literalmente desaparecer. Todos los tableros marcadores de las canchas de barrio con el logo Chilectra fueron pintarrajeados encima y todo el material con el antiguo nombre fue eliminado. De hecho, si todavía existen réclames de Chilectra Metropolitana en Internet es por quienes los resubieron. Como sea, eran los ochentas y la cantidad de «colgados» era ridículamente alta, tal que durante toda la década hubo campañas para que la gente «jugara legal» y se acogiera a convenios de pago. Pero las campañas anti-colgados que más se recuerdan de esa década son éstas. Nunca un apagón sonó así de galáctico y futurista, pero había que ponerle color… porque ochentas.
Incluso, durante los noventas, Chilectra recableó todo el tendido desde el poste a las casas con un nuevo tipo de cable y se corrió el «mito» de que si alguien intentaba colgarse, el cable se prendía fuego. Otro mito con nulo peso empírico. El nuevo cable era más seguro, pero por otras razones. ¿Falta de Internet? Nah… Hoy en día, en plena era de redes sociales, se inventan cosas peores.
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Me acabo de comer un desbloqueazo.
A finales de los ochentas, Soprole respondió a la llegada de los yoghurts en pote chico. Primero con Requete Gurt y luego con esto: Requete Frut. Y se sacaron de sus más voladas fantasías este bosque mágico oculto tras una paleta publicitaria, lleno de árboles frutales, en donde unos duendes, junto con un montón de peques aldeanos, hacían yoghurt con fruta.
Pero tengo sentimientos encontrados con los yoghurts para peques. Bastantes. Porque ya, bonito, con fruta y todo, pero nos cambiaron los 175 grs. por sólo 130. Y años después los achicaron aún más. Como que siento que nadie pidió un pote chico…
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Esto es otra cosa que estaba súper enterrada. El comediante nacional Eduardo Thompson, popular en la tele de su época con personajes como «el Tetera» y «Paredes» en el trio cómico «Pinto, Paredes y Angulo», aparecía promocionando un limpiador baño/cocina de Virginia. Y como que su característica tartamudez, para los tiempos actuales, entra casi a desesperar. El público de la época tuvo que haberlo bancado harto, digamos, para que el aviso tuviera chance de funcionar.
Faltó la pura mosca pero, bueh, cómo se te ocurre la mosca, si es un producto de aseo. En fin…
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¡Chita que la revuelve Soprole! Por alguna razón la leche envasada había sido siempre blanca, sin ponerle ningún sabor ni mezclarla con nada… hasta fines de los ochentas. Ahí fue cuando Soprole lanzó su tripleta con sabores a plátano, frutilla y chocolate. Producto que, jurábamos, era con real fruta o chocolate mezclados con licuadora. O al menos, así nos las presentaron. Y ese trío de sabores (esos tres, ni más, ni menos) lo copiaron todos los demás y duró, sin cambios, por muchos años. Hasta que llegaron las leches sin lactosa y se pusieron un poco más creativos. Pero nunca hubo leche con plátano sin lactosa. Nunca la hubo. Ni ahora. Un misterio muy misterioso.
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