30 de enero de 2016

Disteclia: Cuchara, tenedor y cuchillo



Odio la comida gourmet. Esa sensación de no saber qué te estai echando a la panza no la paso. A mí me gusta la comida que me quita el hambre, que puedes ir y compartir con amigos o compañeros de trabajo mientras se conversan -o se escuchan decir- huevadas.

Hace un par de meses fue la fiesta de la empresa. Un salón entero repleto de mesas y en medio una tarima en donde el presentador de moda en la tele no cesa de tirarle flores a todo lo que huela a los dueños del barco. Con la ansiedad de que todo termine cuanto antes, en cuanto me traen el plato de entrada, tomo cualquier cuchillo y me dispongo a tragar. Tragar. Lógicamente que, luego al tener el plato de fondo al frente, me di cuenta que el cuchillo de entrada no servía. Por lo general quien retira los platos verifica lo que está retirando, pero esta vez al parecer él tenía tanta ansiedad como yo de que ese espectáculo terminara, porque no revisó nada.

La fiesta de flores y halagos terminó, el payaso se retiró, el que quiso se quedó y el que no pudo irse también.

No voy a negar que se ve bonita una mesa decorada, donde amable y elegantemente llegue alguien y me sirva los platos, el jugo, el vino o lo que sea, lleno de detalles, como los detalles de la vida que hay allá afuera y que los siúticos de siempre me dirán que tengo que ir hacia allá, sentirlos y disfrutarlos, pero el noventa y nueve por ciento de las veces preferiría un mundo más simple, uno que se pudiera tragar con una cuchara, un tenedor y un cuchillo.

21 de enero de 2016

Prende la Cámara: Pa' otra vez será



Ya dije antes que voy a volver a estar algún día en Viña, no en un piso 23 a tomar una de esas hermosas vistas en altura, pero sí, voy a estar. Algún día. Todo, claro, considerando comprar los pasajes de bus con anticipación para viajar casi a mitad de precio. Y, por lo mismo, siento y digo que también voy a volver a Valparaíso. En rigor esta no fue mi primera visita a la ciudad puerto. Hubo otra antes. Fue cuando yo estaba en la universidad y mi compañero de grupo tenía visitas de fuera. Tenía que hacer la tarea conmigo y además hacerles un tour a sus visitas, todo en un sólo fin de semana. ¿La solución? Llevarme como uno más. Para ello, y aprovechando la tonta casita en Reñaca, nos instalamos. De Viña casi ni supe. De Valparaíso, un poco más. Lo malo es lo mucho que recuerdo haber caminado y lo nada que recuerdo de ese día. O sea, recuerdo que caminé harto, subí a un par de ascensores, hice la tarea yo solo, pero nada más.

Esta vez, el día que salí solo, caminé por donde yo sabía que no había estado nunca. Sabiendo que esa visita fugaz se centró en los cerros, para esta vez tomé otro camino. Bajé en la estación de Metro Barón y caminé unas 5 o 6 cuadras al interior hasta llegar al Congreso. De ahí tomé la mítica avenida Pedro Montt en dirección al puerto y pasé por varias plazas. Cuando llegué a la Plaza Victoria vi el primer trolebús, pero pasó y no le tomé la foto. Y así fue siempre. Era difícil sin parecer tonto y teniendo que manejar con discreción la cámara. Finalmente, poco antes de llegar al puerto, vi uno cerca. Le tomé fotos, pero la idea de subirme a uno la "postergué". Sentí que la frontera entre un paseo recordable y una experiencia frustrante era demasiado delgada, temí terminar en quién sabe qué lugar y me arrepentí. Así que no hubo trolebús, la vuelta terminó en el puerto y luego de tomar el Metro, volví al piso 23 en Viña a capear la hora de más calor. Chan.

Y los ascensores no los encontré. Ya, ríanse.

¿Subir nuevamente a algún ascensor? ¿Tomar un trolebús? Pa' otra vez será.





17 de enero de 2016

Disteclia: Un atardecer en el 23



Termina el fin de semana y el tiempo destinado a olvidar la rutina maldita apenas rebasa la mitad. Pero aunque así fuera, hay cosas que te recuerdan que cuando el camino va en la mitad, es porque pronto acabará. Una visión pesimista, claro. Hay gente a la que le gustan los atardeceres y no se le pasa por la cabeza que el pronto anochecer es el fin. Para esa gente no hay finales, no se entristecen ni se lamentan por lo que no hicieron, porque para ellos siempre hay un mañana y una nueva oportunidad para hacer no sólo lo que no alcanzaron a hacer antes sino que además hacer cosas que están descubriendo todo el tiempo, porque mientras más miras el mundo, mientras más lo exploras, más grande éste se torna.

Pero estamos nosotros, para quienes el atardecer es el paso previo a la oscuridad, y la oscuridad es el fin.

Voy a volver a estar aquí algún día, en Viña, este lugar en el que la última vez que estuve me pasearon con una venda en los ojos. Pero esa vez ya no será desde un piso 23.


14 de enero de 2016

La Ventana: El balde Tabletón de Fruna


- ¿Oye y qué significa Fruna?
- Mi viejo le puso así hace como 50 años y no tengo idea.

De esa forma fue respondida la pregunta de un bloggero del canal de al lado sobre el origen de la marca que por más de 50 años, desde los años 60s y sus inicios como fabricante artesanal, ha estado "en la médula del pueblo", según la misma empresa declara en sus redes sociales, en las que incluso se da el lujo de usar lenguaje coloquial y popular, desmarcándose de las marcas más convencionales y sus gigantescas maquinarias marketeras. Fruna pareciera trascender de la mano de la modernidad al segmento socioeconómico al que ha estado asociada por décadas, sin perder su esencia. Fruna apela a la nostalgia de quienes alguna vez convivieron con el carrito a la entrada de la escuela y que hoy, cada uno desde el lugar al que ha llegado, se conecta con el sabor de esa nostalgia. Y desde este punto es que salta hacia la presentación de sus productos más actuales. Pareciera ser que para cualquier producto de los competidores más convencionales hay una alternativa Fruna y por un precio de venta a público aún más conveniente. Curiosamente nadie habla de mala calidad o falta de higiene cuando ve los precios "salvadores" de Fruna. Pero los más felices son los vendedores minoristas, fundamentalmente vendedores ambulantes, que se abastecen de Fruna, quienes incluso con alguno de sus productos pueden llegar a marginar unas tres o cuatro veces sobre el costo.



A la hora de buscar explicaciones para el comercio ambulante de confites es imposible no hablar de Fruna. Sacando cuentas: si suponemos que el costo de cada helado directamente en el distribuidor es de $50 y son vendidos a $200, queda una ganancia de $150 por helado. Suponiendo cajas de 40 helados, por cada caja la ganancia es de $6000. Si el vendedor consigue vender sólo dos cajas diarias (lo cual fácilmente lograría en una tarde de verano) serían $12000 diarios de ganancia. Por 30 días, el "sueldo" de este esforzado "salvador" callejero llega a $360000, monto mayor al sueldo mínimo. ¿Cómo la ven? Vender helados Fruna en verano es la papa. Eso sí, la asoleada se las encargo.

Pero a lo que vamos. Ya en pleno siglo veintiuno, Fruna parece más viva que nunca. Y todo hace deducir que esta mitomanía en torno a la marca se vio revitalizada a partir de esa visita a la fábrica a la que me referí ("El día que conocí Fruna"). Luego vino el concurso "Fruna te lleva a la Luna" que premiaba con un viaje en un globo aerostático repleto de productos de la firma. Pero ahora, el último lanzamiento, que pretende ser una suerte de experiencia mítica y de edición limitada, vale sólo $3500. Es nada menos que un balde de 1,3 kg de Tabletón que, incluso, trae en uno de sus costados la historia de tan popular galleta bañada, a la que llaman, curiosamente "el mejor error de Fruna":

"Resulta que años atrás, un colegio nos mandó hacer una galleta con sabor de naranja. Fabricamos la galleta y las despachamos, pero como en la vida hay tantos errores, en vez de agregarles esencia de naranja, en la producción se mandaron el medio condoro y despachamos las galletas con sabor a vainilla. Las galletas llegaron al colegio, el colegio las rechazó y nos mandaron las galletas de vuelta a la fábrica. El rey del confite o Don Fruna, para no moler la galleta otra vez pensó y se le ocurrió la brillante idea de bañarlas en chocolate, los nombró Tabletón y los vendió a través de sus locales ¡¡¡sin saber si los tabletones se iban a vender o no!!! Así nació el querido Tabletón, el mejor de Fruna y la galleta más querida por los frunalovers."



Y fue un éxito. Reportan que se agotó en muchos de sus locales. Sin radio, sin tele, sin nada. Sólo apelando a la "médula del pueblo". Hácete ésa.

13 de enero de 2016

El Spot del Recuerdo: Refresco Caricia (1985)



Asumámoslo, éramos un país penca. Tomar Coca-Cola o jugo de fruta natural era un lujo y lo que se acostumbraba en día de semana era tomar "jugo" de sobre. Ya sabe, entre comillas. Imposible no recordar el mito urbano que dice que "el jugo Yupi rojo da cáncer". Pero este "jugo" no jugó a formar parte de la mesa familiar o a apuntar a los niños (como el Yupi, el Fla-Vor-Aid o tantos otros), sinó que se situó en otros escenarios, incluyendo el recordado (hasta hoy) spot ambientado en una cantina. Todo normal, hasta que alguien, valientemente, en vez de whisky pide Caricia. Todos largan a reir al comienzo, pero de a poco comienzan a paralizarse mirando tal escena, hasta que, luego que ese forastero osara tomarse ese gigante y helado vaso de 5 litros al seco, corren al mesón a exigir el suyo.

¿Me creerían si les digo que un vaso de ésos en un día de calor en los ochentas representaba la felicidad absoluta?

11 de enero de 2016

Disteclia: Yo les creí



O mejor dicho, les quise creer. Pensando como estudiante diariamente humillado, vi con alivio cómo llegaría un sistema nuevo llamado Transantiago, en donde los micreros matones-mafiosos-nefastos de las micros amarillas no fueran amos y señores. Fui de la generación que tenía que estar siempre con monedas en los bolsillos, esperándolas usar en esas micros amarillas con blanco y que el chofer las tomara y las lanzara a la pecera y con suerte, con suerte, te diera la mitad del boleto. Fui de los que luego vieron cómo cierto día un chofer de un bus antiguo, una vez comenzada la marcha blanca de los buses nuevos, hacía el show de señor amable al volante con todo quien se subiera. Luego fui de los que vieron cómo los micreros antiguos daban aletazos de ahogado pintando en sus buses la frase "Prefiera las amarilla" (sic). Más atrás, fui de los que los iban a dejar al paradero del bus cuando chicos y al que a las 2 cuadras más adelante, una vez que no había papá ni mamá ni nadie más como pasajero, era obligado a bajar de forma prepotente por parte del orangután de turno. Yo viví toda esa mierda y, por tanto, era obvio que quisiera creer.

Nunca se me va a olvidar ese 10 de febrero de 2007. La tele empezó a reportear en vivo el inicio del nuevo sistema desde muy temprano, aún cuando fue un sábado. Por más campaña que se hizo en los medios, la gente simplemente no pescó. Había monitores en los paraderos a quienes la gente podía hacer preguntas pero, en vez de eso, la gente los usó para descargarse. Los recorridos que la gente por fin descubrió que eran los que le servían no pasaban nunca. En el momento, cada uno tenía que hacer "su tarea", pero si el otro no la hacía, ahí realmente entiendo por qué no daban ganas. La gente le pedía explicaciones a Iván Zamorano quien, cuando vio todo lo que pasó, se vio forzado a renunciar públicamente a la campaña. Luego supimos de tarjetas recicladas, de micros chocando contra edificios, y de gente subiéndose y abriendo las puertas de los buses a la fuerza. Quise creer que el cambio sería para mejor y dentro mío me morí de rabia y junto conmigo se murió de impotencia ese escolar humillado del pasado que no entendía cómo el resto de la gente podría "homenajear" un sistema tan sucio como el de esas amarillas con blanco o, más recientemente, cómo los demás podrían estar de acuerdo con un comediante vestido de un inmaculado blanco que una noche de Festival de Viña afirmó que el sistema antiguo era "eficiente". Luego me puso mal que un periodista de una sintonizada radio informativa dijera al aire que los responsables del diseño del nuevo sistema fueran ingenieros salidos de mi universidad y que dentro de la facultad fuera un tema tabú. Ahora veo cómo la gente no paga y los choferes (e incluso los encargados de validar en las "zonas pagas") no se meten, simplemente por miedo. Y veo cómo, por más mejoras que quieren introducir, la gente ya no crea que vaya a mejorar. Peor que eso, que hasta la gente que paga su pasaje justifique a los que no pagan porque "los sueldos son bajos", cuando claramente son problemas distintos, pero que comparten algo en común: la plata. Ésa por la que el antiguo chofer matón puteaba al no poderla cobrar a un escolar.

En increíble cómo un pedazo de cartón te puede recordar tantas cosas.


10 de enero de 2016

Disteclia: Sin paz



Este año me tomé tres semanas de vacaciones. Pero, entiéndase, "vacaciones" en el sentido de no ir a trabajar. Todo esto llega junto con el nuevo año, eso que muchos celebran pero que no es sino un cambio de un número por otro. Parece de viejo mañoso huraño testarudo, pero es lo que pienso. Un nuevo año para ver si al fin cumplo mis metas, para ver si al fin logro ponerme metas. Ante lo que parecían ser tres semanas botadas a la basura, me dan el dato de algunos tour que podría tomar durante estos días. El más cercano a poderse concretar, era el del campamento minero de Sewell. Durante la semana lo compré y hoy (o ayer) lo tomé.

Para mucha gente, el subir a un bus para viajar a algún lugar es casi como ese paso latero que ojalá termine lo más rápido posible para, al fin, llegar a destino. Para mí no. Yo lo veo como un ritual. Un momento para mí, para escuchar música y para pensar. Dicen que pensar demasiado es malo y que es mejor hacer más y pensar menos y, en fin, esas frases. Pero ser solo da más tiempo y, cuando no hay nada más, uno lo gasta en pensar. En pensar, arriba de un bus lleno de turistas gringos, alemanes, españoles, brasileños y uno que otro grupo de chilenos "cota mil". Siempre se dice que en un tour es posible conocer gente y eso. A mí me incomoda la gente con la que te tienes que relacionar porque "están ahí". Y ahí ocurre lo que siempre ocurre en mis viajes en bus: sentarme mirando hacia la ventana, dejando libre el asiento del pasillo, pero esperando que ojalá nadie lo ocupe.

Una vez allá, el guía es la salvación para no tener que mirarnos entre nosotros y seguir al mono mayor quien, con toda soltura y habiendo nacido y vivido toda una vida allá, es capaz de contestar a cuanta pregunta reciba. Toda esa avalancha de datos pareciera para mí perderse entre la tentación de aprovechar de tomar fotos, con la ilusión de quedarme con algo más que zapatillas gastadas cada vez que vea esas fotos, pero con la eterna sensación de escuchar pero no oir ni comprender, como lo ha sido al menos una media vida de no poder entender todo lo que me aconsejaron desde fuera y por ello terminar siendo quien soy.

Para cuando ya volvía a Santiago en el bus, luego de almorzar en un club de campo frente a personas que no conocía y sin hablar, volví a mi mundo y a mi música, y pensando, otra vez, en que tenía que hacer algo. Que aún quedan dos semanas, pero que no serán tan largas como parecen. Con la libertad de ser solo. Porque ser solo da más tiempo y, cuando no hay nada más, uno lo gasta en pensar, como un ser inquieto, sin sosiego. La paz no incluye, entre su lista de ingredientes, curiosamente, la inquietud. 

Mi vida, a mis treintas, no está resuelta aún. Se mueve con inquietud entre la resistencia a salir de la zona de confort y la autovaloración como persona. Con esa misma inquietud que te hace pedir ayuda cuando no tienes nada definido siquiera para pasar un día de esas tres semanas en un lugar que no sea del grupo de los de siempre. Con esa inquietud que espanta la paz.

Dejo el enlace aquí para ver el resto de las fotos.

8 de enero de 2016

El Spot del Recuerdo: Diario La Tercera (1988)



Ahora no sé, pero hace algunas décadas los tirajes de los diarios eran más que respetables. Muchos sin embargo en nuestras casas no comprábamos el diario a menos que viniera con ese clásico libro de "lectura obligatoria" o ese tomo de enciclopedia chanta con hojas en papel de roneo o, por último, por el Icarito. Y aquí llegamos a uno de los tres grandes, en cuanto a circulación, junto con nuestro decano "Elmer" y el LUN: La Tercera. Los tatas pueden agregar al final "...de la Hora", total, para qué estamos sino para revisar cosas viejas. Lo sorprendente es que La Tercera no es tan antiguo: su fundación fue "apenas" en 1950, como una suerte de edición vespertina de un diario aún más antiguo, "La Hora" (que curiosamente comparte nombre con el actual publidiario). Al poco andar, La Hora queda de lado y La Tercera toma su lugar como matutino. Los que hoy conocen La Tercera no se imaginan que antiguamente (dígase, en nuestras más tiernas infancias), esta publicación no pretendía tener ese aire a culto como lo tiene hoy que, dicho sea de paso, fue en poderosa medida para hacerle la competencia al "decano".

Mira también: Prende la Antú: Leche fresca Soprole (1984)

Pero vamos al spot.

Casi lo primero que vemos es gente trabajando a altas horas de la noche y la madrugada, y, era que no, los camiones repartidores con destino a todo Chile, lo cual inevitablemente nos recuerda el spot de la leche Soprole ("mientras usted duerme, Soprole ya está trabajando..."). Luego viene el despertar, el desayuno, leyendo el diario, por supuesto. Típica familia de clase media. Luego, la gente de afuera y el diario que sigue llegando. Familia, niños al colegio, pareja, nacimiento... tocar la fibra y lo emocional no falla, perrín. Pero lo principal, más que ser un pedazo de papel que pretende informar, se mete en lo cotidiano, se hace parte y remata con un campante titular: "Así Soy Yo". Identidad. Súmale emocionalidad y, si lograste hacer click, ya gran parte de la pega está hecha.

Sin embargo son pocos los comerciales de diarios que recuerdo y éste no estaba en la lista. Lo que no quita que sea un ejemplo "de época".