11 de enero de 2016

Disteclia: Yo les creí



O mejor dicho, les quise creer. Pensando como estudiante diariamente humillado, vi con alivio cómo llegaría un sistema nuevo llamado Transantiago, en donde los micreros matones-mafiosos-nefastos de las micros amarillas no fueran amos y señores. Fui de la generación que tenía que estar siempre con monedas en los bolsillos, esperándolas usar en esas micros amarillas con blanco y que el chofer las tomara y las lanzara a la pecera y con suerte, con suerte, te diera la mitad del boleto. Fui de los que luego vieron cómo cierto día un chofer de un bus antiguo, una vez comenzada la marcha blanca de los buses nuevos, hacía el show de señor amable al volante con todo quien se subiera. Luego fui de los que vieron cómo los micreros antiguos daban aletazos de ahogado pintando en sus buses la frase "Prefiera las amarilla" (sic). Más atrás, fui de los que los iban a dejar al paradero del bus cuando chicos y al que a las 2 cuadras más adelante, una vez que no había papá ni mamá ni nadie más como pasajero, era obligado a bajar de forma prepotente por parte del orangután de turno. Yo viví toda esa mierda y, por tanto, era obvio que quisiera creer.

Nunca se me va a olvidar ese 10 de febrero de 2007. La tele empezó a reportear en vivo el inicio del nuevo sistema desde muy temprano, aún cuando fue un sábado. Por más campaña que se hizo en los medios, la gente simplemente no pescó. Había monitores en los paraderos a quienes la gente podía hacer preguntas pero, en vez de eso, la gente los usó para descargarse. Los recorridos que la gente por fin descubrió que eran los que le servían no pasaban nunca. En el momento, cada uno tenía que hacer "su tarea", pero si el otro no la hacía, ahí realmente entiendo por qué no daban ganas. La gente le pedía explicaciones a Iván Zamorano quien, cuando vio todo lo que pasó, se vio forzado a renunciar públicamente a la campaña. Luego supimos de tarjetas recicladas, de micros chocando contra edificios, y de gente subiéndose y abriendo las puertas de los buses a la fuerza. Quise creer que el cambio sería para mejor y dentro mío me morí de rabia y junto conmigo se murió de impotencia ese escolar humillado del pasado que no entendía cómo el resto de la gente podría "homenajear" un sistema tan sucio como el de esas amarillas con blanco o, más recientemente, cómo los demás podrían estar de acuerdo con un comediante vestido de un inmaculado blanco que una noche de Festival de Viña afirmó que el sistema antiguo era "eficiente". Luego me puso mal que un periodista de una sintonizada radio informativa dijera al aire que los responsables del diseño del nuevo sistema fueran ingenieros salidos de mi universidad y que dentro de la facultad fuera un tema tabú. Ahora veo cómo la gente no paga y los choferes (e incluso los encargados de validar en las "zonas pagas") no se meten, simplemente por miedo. Y veo cómo, por más mejoras que quieren introducir, la gente ya no crea que vaya a mejorar. Peor que eso, que hasta la gente que paga su pasaje justifique a los que no pagan porque "los sueldos son bajos", cuando claramente son problemas distintos, pero que comparten algo en común: la plata. Ésa por la que el antiguo chofer matón puteaba al no poderla cobrar a un escolar.

En increíble cómo un pedazo de cartón te puede recordar tantas cosas.


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