10 de enero de 2016

Disteclia: Sin paz



Este año me tomé tres semanas de vacaciones. Pero, entiéndase, "vacaciones" en el sentido de no ir a trabajar. Todo esto llega junto con el nuevo año, eso que muchos celebran pero que no es sino un cambio de un número por otro. Parece de viejo mañoso huraño testarudo, pero es lo que pienso. Un nuevo año para ver si al fin cumplo mis metas, para ver si al fin logro ponerme metas. Ante lo que parecían ser tres semanas botadas a la basura, me dan el dato de algunos tour que podría tomar durante estos días. El más cercano a poderse concretar, era el del campamento minero de Sewell. Durante la semana lo compré y hoy (o ayer) lo tomé.

Para mucha gente, el subir a un bus para viajar a algún lugar es casi como ese paso latero que ojalá termine lo más rápido posible para, al fin, llegar a destino. Para mí no. Yo lo veo como un ritual. Un momento para mí, para escuchar música y para pensar. Dicen que pensar demasiado es malo y que es mejor hacer más y pensar menos y, en fin, esas frases. Pero ser solo da más tiempo y, cuando no hay nada más, uno lo gasta en pensar. En pensar, arriba de un bus lleno de turistas gringos, alemanes, españoles, brasileños y uno que otro grupo de chilenos "cota mil". Siempre se dice que en un tour es posible conocer gente y eso. A mí me incomoda la gente con la que te tienes que relacionar porque "están ahí". Y ahí ocurre lo que siempre ocurre en mis viajes en bus: sentarme mirando hacia la ventana, dejando libre el asiento del pasillo, pero esperando que ojalá nadie lo ocupe.

Una vez allá, el guía es la salvación para no tener que mirarnos entre nosotros y seguir al mono mayor quien, con toda soltura y habiendo nacido y vivido toda una vida allá, es capaz de contestar a cuanta pregunta reciba. Toda esa avalancha de datos pareciera para mí perderse entre la tentación de aprovechar de tomar fotos, con la ilusión de quedarme con algo más que zapatillas gastadas cada vez que vea esas fotos, pero con la eterna sensación de escuchar pero no oir ni comprender, como lo ha sido al menos una media vida de no poder entender todo lo que me aconsejaron desde fuera y por ello terminar siendo quien soy.

Para cuando ya volvía a Santiago en el bus, luego de almorzar en un club de campo frente a personas que no conocía y sin hablar, volví a mi mundo y a mi música, y pensando, otra vez, en que tenía que hacer algo. Que aún quedan dos semanas, pero que no serán tan largas como parecen. Con la libertad de ser solo. Porque ser solo da más tiempo y, cuando no hay nada más, uno lo gasta en pensar, como un ser inquieto, sin sosiego. La paz no incluye, entre su lista de ingredientes, curiosamente, la inquietud. 

Mi vida, a mis treintas, no está resuelta aún. Se mueve con inquietud entre la resistencia a salir de la zona de confort y la autovaloración como persona. Con esa misma inquietud que te hace pedir ayuda cuando no tienes nada definido siquiera para pasar un día de esas tres semanas en un lugar que no sea del grupo de los de siempre. Con esa inquietud que espanta la paz.

Dejo el enlace aquí para ver el resto de las fotos.

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