9 de agosto de 2015

Disteclia: Un futuro ilusorio

Ayer iba a escribir algo de lo sucedido antenoche, pero lo hallé poco atinado. Ahora, con más calma, aun me cuesta hilar palabras. Sé que no debería quedar enganchado a esa persona, que era sólo un proyecto de amiga, pese a su trato tan cercano, una sensación de estar pololeando por una noche, algo nuevo, que me descolocó, pero que acepté con un poco de incomodidad al principio. Tengo su número. Ayer la llamé. Me respondió muy amistosamente. Mis dudas sobre el efecto del copete se habían disipado. Horas después, parecía que fuera la misma que conocí esa noche. Al parecer tiene ganas de seguirme conociendo. Yo también a ella. Si todo sale bien, tengo dudas de tener la capacidad de poder retenerla. Si sale más o menos, será mi amiga y me entregará su cariño de forma gratuita, como fue esa noche, porque su cariño y sus brazos sobre mis hombros fueron su gran regalo, porque piensa que soy simpático, porque esa noche me arranqué mi triste historia para ser alguien simpático, porque bailé después de haber dicho muchas veces en mi vida que me apestaba bailar. En ambos casos, tengo la duda de si ella le contará o no a mi amigo cada vez que nos veamos, cada vez que, sin expectativas de por medio, me prepare a saber de qué manera me entregará ella su regalo esta vez. Si esto termina, que no sea silenciosamente y que al menos haya una despedida. Si termina en silencio, será algo muy triste, como el beso que me dio una niña hace cinco años, el único que registra mi vida, para después diluirse en disculpas y reencontrarse con otra persona por la que ella sí dio un peso (y más que eso) como hombre y fundó su familia con casa, hijos y todo. Mi gran alivio fue que por fin alguien se atrevió a dar un peso por mí como hombre. Sentí un cuerpo de mujer apegándose al mío, moviéndose sutilmente al ritmo de una guitarra, nuestras manos juntas, nuestras cabezas pegadas y mis ojos posados en su perfil. Sólo faltó el beso. Y pude ver, aunque muy borrosamente, qué hay al otro lado, tal cual como si me hubiesen abierto una pequeña ventana hacia el otro mundo, ese mismo que las parejas de enamorados que veía en la calle me lo restregaban en la cara.

Espero una mayor normalidad en mi cabeza los próximos días, porque ahora simplemente sucumbí ante un futuro en extremo ilusorio. Creo que será bueno por ahora no hablar nada más.

Si no he escrito nada en otros blogs es justamente por esto, por el efecto embobante de lo que viví esa noche. Espero me disculpen.

(30 de julio de 2004)

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