9 de agosto de 2015

Disteclia: Lugar de paso

No sé si quiera ser algún día padre. Muchos no lo saben o simplemente no quieren. Aunque de todas formas da para pensar y darle vuelta por horas. Soy el único hijo hombre y, si no llego a tener nunca nada serio con nadie, el apellido se va a perder. Aunque no es el taaaaaan taaaaaan apellido, no va a ser lo mismo. Aún recuerdo cuando en casa de un compañero de universidad comenzaron a hablar de apellidos y sus árboles genealógicos y que este tatarabuelo llegó desde Escocia, o desde Inglaterra o qué sé yo. Y yo y mi apellido tan común. “¿Es español, verdad?”. Pero lo más triste, bastante más triste que cargar un apellido común, es que me voy a tener que mamar los saludos cada vez que los críos de mi hermana y su pinche europeo (p*ta que van a salir lindos esos críos) me vengan con el “hola tío Willy”. Que “tío Willy” pa allá, que “tío Willy” pa acá. Porque pa lo único que me va a dar es pa ser tío. “¿Vamos a ver al tío Willy?”. “¿Qué te regalará el tío Willy pa la Pascua?”. “¿Vamos a comer a la casa del tío Willy?” Tío Willy, tío Willy, tío Willy, mis pelotas.

De lo que sí, de verdad, me autocompadezco (y sé que es malo y me carga, pero es la verdad) es de que casi nunca, casi nadie, casi jamás alguien me ha visto como opción válida de hombre, como opción válida de pareja, como opción válida de padre. Tuve algunas pinches, varias, algunas experiencias más ricas que otras. Una de ellas volvió con su marido después de estar separada. Otra volvió con su pololo de adolescente y sí, se casaron y son felices. No sé si las usé, aprovechándome del momento delicado e ingrato de ese intermedio en sus vidas, o si ellas me usaron en ese mismo intermedio. Lo que sí pienso con mucha certeza es que me siento un lugar de paso. No un destino, un fin, ni siquiera un medio, un camino que conduzca a algo, sino un punto que otras personas cruzan, se quedan a pasar un rato y luego siguien con su viaje. Mientras, mi propio camino se sigue llenando de cosas raras, gustos extraños, placeres culpables y sin culpa, pero, cómo decirlo, raros, cada vez más alejados de lo que la gente de allá afuera vive, piensa, siente para dentro y expresa hacia afuera. Casi no me gusta la música de ahora, no conozco lugares para salir a comer sin parecer huaso, mis hábitos representan todo lo que otros ven como fome y soso. Me convierto cada día más en un ser más distinto, más raro, que día a día se aleja más de los cánones que la sociedad impone como “ser social”.

Veo tan difuso el futuro que hoy no me proyecto. Y esto daría para seguir largo, así que mejor sigo otro día.

(9 de marzo de 2014)

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