5 de julio de 2015

Disteclia: Un final

Pedir un momento junto a quien creías cercano, de tu mundo, parte de tu historia, y que te pregunte el por qué. Y ahí está el eslabón más debil: ya es tarde, ya te arrumbó en el estante de los libros viejos, ya no eres parte de su presente.

Cuestionar. Pedir razones.

Hoy entendí que debía reconocer la señal, algo que no hice cuando esa amiga de media vida, que me llamó por mi nombre sin conocerme a sólo un par de semanas de clase en la universidad, luego de unos años comenzara su vida con otra persona tan sólo días antes de que yo le dijera mis motivos para tenerla conmigo. Con los años te das cuenta que no era para ti. Con los años. Pero en el momento eso no es evidente y la segunda parte de la historia, la que corresponde al esfuerzo inútil, no parece tal. Esa etapa está llena de señales, y mientras más pasa el tiempo, más señales aparecen y más rápido una tras otra.

Hoy reconocí la señal. Hoy despido lo que debí haber despedido hace años. Vivir no es entregarse al placer sin sentido. También lleva asociado el sufrimiento. También lleva junto a sí la desilusión. Tuve que entregar algo, tuve que dar el paso y decir aquí estoy. Y todo eso para llegar a una definición que podía llevar a dos caminos, ganar o perder. No será la primera vez que tenga que entregar algo que me lleve a una verdad que contenga malestar, desilusión, tristeza.

Eliminé todo lo que oliera a ella. Más bien, casi todo. Nunca la limpieza es total. Siempre queda algo en esa caja interna a la que llaman historia personal.

La señal fue tan simple como evidente. Y esta vez no la ignoré.

(17 de enero de 2015. Fotografía de Anne Helmond bajo CC BY-NC-ND 2.0)

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