25 de abril de 2009

Un McDonalds puede ser tan triste


Reconozco que voy a McDonalds. A lo lejos, cada dos semanas. Lo que me mantiene a distancia no es la comida, ni la mala fama que gente resentida le haga a la cadena. Son los cabros chicos. Esos que sobreabundan los fines de semana y juran que la famosa cajita feliz es el gran premio a una semana de buen comportamiento (o no tan bueno).

Pero a veces veo otro tipo de "cliente". El padre o madre separado que lleva al hijo que no ve en toda la semana, porque tiene que haber un lugar para ello, para verse, con o sin ganas, porque ese padre o madre ya no puede verse con su ex, porque apenas le da para ir a buscar al crio y llevarlo de paseo el fin de semana. Y terminan comprando dos cajitas felices, una para el crio y la otra para el o la separada, total, de lo que menos ganas tiene esta última persona es comer una hamburguesa. Así que el tamaño de la mugrecita da lo mismo.

En teoría deberían haber de dos tipos: de esos que perdieron la tuición del crio y lo aman (pero ya no aman a su pareja) y de los que tienen que llevar al hijo a pasear "por cumplir". ¿Me van a creer que no he visto más que de estos últimos? Y veo siempre al padre o a la madre con cara de amargados frente al hijo. Sin hablar. Esperando que el crío se coma la hamburguesita para salir. Teniendo al lado de las mesas los juegos, los toboganes y piscinas de pelotas en los que los demás niños juegan y gritan sin parar. Y después, toma tu juguete y vámonos.

La historia de las secuelas de un fracaso matrimonial salen por la puerta de salida, antes que la vendedora se acerque a ofrecerles helado. O talvez esa vendedora ni se quiere acercar para no alargar el suplicio.

Y ahi queda la bandeja. El crio se llevó dos juguetitos de Ronald McDonald. Y una cajita infeliz quedó sobre la mesa, a medio comer.

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