27 de enero de 2008

No quiero hacer eso


En la universidad tenía una compañera a la que jamás le simpaticé. Y no la culpo. Aunque era enferma de cuica, siempre le di motivos para que me odiara. O llegaba yo irrumpiendo con una boludez mientras se discutían cosas más importantes, o me tomaba permisos que no correspondían, o definitivamente mi sola ordinaria presencia hacía la magia. Nunca en los tres o cuatro años que tuve que verla me regaló una sola sonrisa, ni un saludo, nada. Llegué a conocerla por otro compañero, pero fue durante una reunión de lista de centro de alumnos, unos meses después, cuando me invitaron a subir a la nieve, cuando en definitiva supe datos tan básicos como su nombre.

Talvez ella sea la primera persona que me hizo pensar en que, por mucho que pretenda dar una imágen de persona amable, hay casos que son sencillamente imposibles. Es un cliché, pero que mierda: uno no le puede simpatizar a todo el mundo.

A partir de mañana tengo que volver a hacer el esfuerzo de simpatizarle a todos, aunque ya sepa que eso es imposible, aunque esté convencido de no querer destinar esfuerzos a ello.

No vale la pena amargarse el mate por una cuica idiota.

21 de enero de 2008

Indicación para el peatón


- fotografía original de Daquella manera -

Al cruzar la calle:
  • En la mayoría de los países civilizados, excepto Chile: Vea si tiene luz verde al frente. De ser así, cruce.
  • En Chile: Vea si tiene luz verde al frente. De ser así, verifique que no venga un auto.

19 de enero de 2008

El inmortal


- fotografía original de joe lencioni -

Trece años botado. Literalmente botado. Bastó que llegara otro con CD player para que fuese rápidamente olvidado en el cuarto de las cajas. El asunto es que se había roto el mecanismo de tracción de la perilla de sintonización; en palabras simples, no se podía sintonizar. Tiempos de "agujas" que avanzaban lentamente por un largo dial iluminado y mucho menos poblado que hoy.

Hace un par de días lo abrí y me di cuenta que lo que se había roto era una cuerda que unía la aguja de la sintonía con el sintonizador dentro del circuito. Después de 13 años, la aguja volvió a moverse. El mundo de antes giraba más lento y su perilla de sintonía es testimonio de ello. Eran tiempos en que era un placer sentarse a escuchar la radio. No existía la prisa de hoy de apretar un botón y ya. Era todo un trabajo sintonizar la radio favorita de uno, pero no por lo difícil, sino por el ritual que lo hacía posible. Lentamente se gira la perilla, el sonido se hace más claro, el indicador de FM stereo se ilumina y listo. Sonido impecable.

Es el inmortal: no lo mató ni el terremoto del 85, ni mis incipientes incursiones en electrónica cuando era niño. Es el inmortal, tiene 26 años ya y sigue sonando y demostrándoles a los equipos de sonido de plástico de hoy de qué está hecho.

No es el de la foto, pero es un detalle.

14 de enero de 2008

Nostalgia de supermercado


De la primera vez que me llevaron a un supermercado casi no me acuerdo. Me llevaron al Uriarte y Garmendia que estaba cerca de la Estación Central, al antiguo, antes que se quemara, con sus pasillos estrechos y yo en el carro al más puro estilo Maggy Simpson.

Unos años después, el mismo día del terremoto de 1985, mi viejo me llevó al supermercado Toqui, que quedaba a una cuadra de la plaza de Maipú -y que no sé si aún existe-. Lo único que fuimos a ver fue el desastre de cajas y latas repartidas por todo el piso y los reponedores limpiando las latas con un paño húmedo y esperando que la gente las comprara con las etiquetas despedazadas. En realidad, al Toqui no íbamos nunca. Al que de verdad íbamos era al Egas que estaba justo frente a la plaza. Ahí me compraron el primer cepillo de dientes musical del que tenga memoria. En tiempos en que la salsa de tomates sólo se envasaba en tarro, al igual que la cera para piso, y los tubos de pasta dental eran de aluminio y costaba sacarles todo el contenido.

Luego, cuando estudiaba en el Instituto, un día me metí a un La Bandera Azul que estaba en el centro y que tampoco sé si todavía existe. La sensación de supermercado vintage sesentero que daba a la vista en plenos años '90 se confirmaba rotundamente una vez dentro. Junto a todo esto, el ingrediente auxiliar infaltable: la música de supermercado. En mis arrebatos de nostalgia me da por tener gigas y gigas de música orquestada, para volver a una época que dificilmente regresará y que hace rato ya se la comieron los códigos de barras, los megamercados y la modernidad. Ni rastro del personaje que recorría los estantes con una etiquetadora poniendo a cada paquete, bolsa, lata, una etiqueta con el precio.

Toda esa nostalgia se muere con las visitas al supermercado de hoy, en donde dejan de hacer pan de hotdog para que se vendan los packs rancios de pan Ideal que quedan en los estantes, cuando uno se encuentra a diestra y siniestra con envases de productos consumidos sin pagar, cuando saco envases de los estantes y estaban rotos, cuando quiero comprar una torta de CDROM y el vendedor no sabe lo que tiene en stock... y un largo etcétera que, de veras, me da ganas de ir al supermercado Toqui el día después del terremoto, el que de seguro es un lugar mucho más ordenado y donde las cosas funcionan mejor.

Si hay música orquestada, se las dejo pasar. Pero ni eso.

8 de enero de 2008

21


- fotografía original de cactusbeetroot -

Si hay un número que me cae bien, aparte del 3, es el 21. O sea, sí, 2 + 1 es igual a 3, pero los motivos van mucho más allá de eso. Más allá de que sea el número del siglo que vivimos -pese a que vivo un 95% de mi tiempo en el 20, o sea, el siglo pasado-. Algo tiene el 20. Pero me gusta más el 21.

El 21 -en algunos países- representa la mayoría de edad. El dejar de ser algo para ser otra cosa, el dejar una etapa para pasar a una etapa superior. El caso es que mi primer beso beso lo dí hace 3 años -oh, vaya sorpresa con el numerito-, un día 21. Pero antes hubo uno que quiso ser, 6 años antes de eso, un día 20. Seis, o sea 2 x 3. Al de arriba le encanta que todo me cueste el doble. Algo tiene el 20. Pero me gusta más el 21.

Días después de ese 21, me di cuenta de lo que ella había escrito, me di cuenta de sus ganas de enamorarse y entendí cómo pudo ser que al día siguiente haya sucedido lo que sucedió. Lo había escrito el día anterior, el 20. Hoy, tres años después, la historia de su vida se está escribiendo distinto, feliz, lejos de aquí, en donde sigo recordando ese 21 como, talvez, el día más intenso de toda mi vida, como el día especial que nunca volvió a repetirse.

Algo tiene el 20. Pero me gustó más el 21. Ese 21.