12 de octubre de 2008

Las tres etapas del karaoke casero


Animaniacs - Karaoke-Dokie

(o "Karaoke, lo amas o lo odias...")

Así tal cual. No hay puntos medios. Es la maravillosa tecnología que inventaron esos señores al otro lado del mundo que, de vivir tan apretujados y pegandose tantos choques unos con otros, han parido ideas terribles como esta, posibilitando abominaciones de proporciones. Básicamente, es un sistema de cables, micrófonos, parlantes, pantallas y melodías midi dignas de ringtone monofónico rasca, que producen la "magia" de hacer pasar a una persona con suficiente personalidad de un desafinado don nadie a un Frank Sinatra...

La dinámica del cuento es sencilla: conectar todo, probar que funcione y a partir de ese momento todo funciona solo (si es con copete, mejor aún). Surge el que más le pega al cuento: ese es el que canta. Porque la gracia pareciera ser esa, uno bueno... y hartos malos. Y todo se justifica con "buena onda": si cantai, eris buena onda aunque cantis peor que Enrique Iglesias. Si no, aunque des tus razones, eris un amargado de mierda. No hay puntos medios, ni licencias que le permitan a alguien excusarse y decir, en forma completamente respetable y válida, "no, gracias". Algunos han incursionado con frases como "tengo otra cosa en un rato más, me tengo que ir", acompañado de una salida oportuna y, sobre todo, digna, con resultados bastante buenos (sinceramente, una de las pocas ventajas de tener auto, es que eres independiente a altas horas de la noche). Pero los que están metidos lo disfrutan como cabros chicos. Y las performances son con show y todo. Hasta ahora ya vamos en la primera parte.

La segunda parte comienza cuando las mismas canciones que antes fueran descartadas por cebollentas, ahora les dan como tarro. Y salen a relucir la "niña bonita" de Lucho Barrios, o la del gato triste y azul de Roberto Carlos, por citar algunos ejemplos. En esta etapa sigue la euforia a tope, pero ya son menos los que pueden mantener ese nivel de entusiasmo y los que cantan son unos pocos, no más de tres. Las performances se exageran y se incluye opcionalmente una salida flash a comprar más copete.

En la tercera y última etapa ya quedan unos pocos, muy pocos. Uno que canta y uno o dos que acompañan. Hasta que de pronto ya no se oye la voz y queda por un rato sonando la melodía hasta que se corta abruptamente. Ahí ya se terminó todo.

Algunos insisten en incluir una cuarta etapa: al otro día, cuando nuestro master en karaoke termina con disfonía. Un exceso comparable a los que produce el copete, pero en las cuerdas vocales... ¿se entiende no?

Es lo que uno escribe cuando tiene a compañeros de pega que alucinan con la huevaíta.

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