24 de septiembre de 2007

Piano


Se te ocurrió la idea loca de ir a tocar piano. Y me invitaste a estar ahí y escucharte tocar. Pero no sucedió. La sala donde estaba el piano estaba cerrada. Así es que nunca te escuché tocar. Nunca conocí tu otro cuento. Es más, nunca te volví a ver. Y pienso que nunca volveré a verte haciendo eso que te gustaba tanto. Existen más posibilidades de vivir de otra cosa. Ingeniera. Qué loco. Y también eras buena estudiante. Pero me quedé con las ganas. Las ganas de verte tocar el piano.

- Fotografía original de katiebate

21 de septiembre de 2007

La primera casa, los primeros años


- Fotografía de FotoDawg

La bienvenida la daba un portón de madera y malla metálica. Arriba, un letrero pintado a la rápida: "Alberto Llona 1156". Al traspasar el portón, se llegaba a un largo camino de tierra por el que a veces entraban camiones. A la izquierda, torres de ladrillos y, al lado, la oficina del jefe de obra. A la derecha, algunos escombros y, más adelante, los baños. Luego de la oficina del jefe venían las bodegas. Eran enormes y nunca vi lo que había dentro. Más al fondo, un galpón techado y algunas cajas de madera a las que me gustaba meterme. Eran entretenidas porque eran de formas poligonales. Más allá, montículos de arena y algunas máquinas mezcladoras de cemento. Y a la derecha, frente a las máquinas, un paso hacia el condominio en construcción donde trabajaba mi viejo.

Pero, al lado de las bodegas, estaba mi primera casa, de madera y levantada casi de emergencia en no más de un mes. Mi viejo consiguió que su jefe considerara construir una casa habitable como parte de las bodegas, aunque la tuviera que levantar él mismo. Originalmente tenía dos ambientes, a los que luego se agregó un tercero. En el primero, cocina y comedor. El segundo era el dormitorio. Y, finalmente, cuando se hizo pequeño el espacio para colocar sillones, la casa se amplió para acoger una sala de estar. Todo, por supuesto, de madera.

Me gustaba el dormitorio, porque tenía una ventana que daba al parrón y por donde entraba la luz del día. Casi junto a la ventana, había una cuna que primero ocupé yo y luego mi hermana. Al lado de la cuna había una cajonera que aún conservo y no recuerdo si además había un armario. Más al fondo estaban las dos camas, una mesa metálica con la suficiente resistencia como para soportar una tele portátil en blanco y negro. En la pared, un botiquín que siempre fue un misterio y que rara vez vi qué contenía.

Eran días alegres. Todos los días mi vieja despertaba antes para hacer el aseo y la comida y me dejaba a mi acostado viendo la tele. Cuando iban de compras al supermercado volvían con paquetes de fideos, conservas, cremas Nivea, Atrix y betúnes de zapato, y me los prestaban para que yo jugara. También tenía un conejo de peluche que perdí en una mudanza o porque ya estaba muy viejo, no lo recuerdo bien. Y el resto del día, lo único que hacía era jugar en el enorme patio o ir a ver cómo trabajaban los maestros al otro lado. También los acompañaba en sus almuerzos, sonorizados con una radio a pilas en donde escuchaban las noticias de la Radio Chilena. Me gustaba saltar sobre la panza del más guatón. Todos me querían. Luego iba a ver cómo instalaban los pisos plásticos y llegaba de vuelta a casa con una carretilla llena de cajas de piso flexit. Al atardecer mi viejo regaba y barría el patio y el camino hacia el portón de entrada, luego de que todos los maestros se duchaban y volvían a sus casas. Extraña cosa era que en mi casa también se comía de noche -y no era lo que quedaba del almuerzo-.

A partir de las 9 de la noche, al ser de madera y no muy aislada del exterior, la casa era fría y, por lo mismo, nos acostábamos temprano. Mis viejos no siempre dormían juntos. Muchas veces a mi vieja le gustaba dormir conmigo porque le daba pena dejarme solo en una cama. Así que a las 9 y media de la noche, hora en que terminaba el Teletrece, ya estábamos bajo 3 o 4 frazadas viendo a la -joven en ese tiempo- Jeanette Frazier o a la Gina Zuanic dar el informe del tiempo y después decir que luego venía el Martes 13, el Mundo no sé cuánto o lo que hubiera. Y así eran casi todos los días.

Hoy de eso no queda casi nada. Todo, salvo el condominio, fue echado abajo. La numeración exacta ya no existe. Al menos el condominio fue bautizado con el apellido de alguien muy inteligente: el Pasaje Einstein, en la comuna de Maipú, le recibirá con una reja firme y un citófono en la entrada. Al lado, encontrará una enorme ferretería, en los mismos amplios terrenos en donde estaba mi casa.

Dando vuelta la esquina, vivía el zapatero de quien mi viejo se hizo muy amigo. Pero de eso escribiré otro día.

18 de septiembre de 2007

Haciendo camino por donde ya no hay


La parte del viaje de la que muchos coinciden en decir que es la más gratificante, y en la que el esfuerzo y la motivación personal son los que mueven la máquina. Esa etapa fuera del nido, esa etapa en que nace el cuento propio. Esa etapa está ya afuera sonando el claxon. Y yo, a un paso.

- Fotografía de frumbert

14 de septiembre de 2007

Hoy no


No sé si es el lugar. No sé si soy yo o si eres tú. Me convenzo de a poco de que hay cosas que no me darás, porque no quieres o no puedes dármelas. Porque tú eres mucho más consciente que yo de lo que puedes dar a otros. Yo, doy de lo que no tengo.

Te quiero y te recuerdo siempre, pero vernos nunca ha sido la experiencia que yo buscaba. Estaré cerca tuyo, pero no te hablaré porque, en nuestro caso, hay formas mejores de comunicarnos que el contacto personal. Y eso, extrañamente, va en contra de todo mi discurso. Nunca termino de aprender.

Ya, adios.

- Fotografía de moriza

9 de septiembre de 2007

Un día más


Pensé que caminaríamos por siempre. Apenas nos dieron las energías para una tarde.

Te veo cansada. Te ofrezco mi hombro y lo aceptas. Aún sonries. Aún sonrio yo también, mirando tus ojos, a centímetros de los mios. Cansados y todo. Vuelves a tomar mi mano, igual como toda una tarde, como todas esas horas en que estuve más preocupado de vivir cada segundo sintiendo tus manos vivas que poco recuerdo cuánto hablamos, de nada y de todo. ¿Ya ves por qué digo que las palabras al final quedan relegadas en importancia al lado de otros estímulos? Y a tí que te gustan tanto, y te gusta que te diga cosas lindas aunque te cueste creerlas y tu amiga amargada te diga una y otra vez que los hombres no son de creer. Espero haberte dicho cosas lindas porque, para serte sincero, creo que olvidé mucho de eso. Así, olvidadizo, cansado, pero tan feliz de tenerte. Tan feliz de haber vivido mil sensaciones contigo y de ser cómplice de tus sueños. Tan feliz de ser humano, de estar vivo. Tan feliz de llegar a casa, caer rendido de cansancio y soñar con mil sensaciones más y devanarme el seso ideando formas de vivirlas contigo, de prolongar mi sueño un día más.

- Fotografía de SparklieSunShine

3 de septiembre de 2007

El viaje


Olvida el mal rato. Busca tu mejor ropa. Tómate el tiempo de lucir como nunca. Regálame esa mirada que sabes que me encanta. Dime que saldrás en un viaje rumbo a deslumbrar al resto del mundo. Extiéndeme tu mano para que la tome y pueda aprender todos sus detalles. Y un último favor te pido: permíteme seguir sosteniendo tu mano. Me encantaría ser tu compañero de viaje. Quiero ir contigo donde vayas.

- Fotografía de Mayr

1 de septiembre de 2007

Dos años


(Obvio... este mes comienza la primavera... )

Dos años -y un poco más- hace ya desde el día en que, en unas misiones, mi jefe de grupo me invitó a ocupar el tiempo en una especie de proceso de reflexión, pensando en mi egreso, antes de llegar a lo que se supone que sigue después de la etapa de estudiante. Pero no fue sino hasta este año en que tuve el tiempo suficiente, porque un rato entre tarea y tarea no basta, ni tampoco un día a la semana. He podido tener días completos para dejar de pensar completamente en lo que pasa allá afuera y darme el lujo -porque actualmente disponer del tiempo propio es un lujo de pocos- de pensar en nada. O reconciliarme con decisiones o actos pasados. Y cuando he sentido que paso mucho tiempo encerrado, para ver a quienes quiero me ha sobrado el tiempo.

Sentí como si me dieran el alta de una clínica de rehabilitación. Después de haber tenido meses de reflexión que sentí como si fueran años. Dos años. O talvez más. Llego a este punto sabiendo que cuento con amigos con quienes puedo compartir un almuerzo, con una amiga que fue mi compañera de universidad y que siento que puedo confiarle mi vida, con un amigo del colegio que se preocupa cuando me ve mal y a su familia que me considera uno más de la casa. Una secretaria de mi campus a quien puedo llamar "tía". Una familia que se preocupa por mí a veces más de lo que quisiera. Pero algunas observaciones me hizo el de blanco: contar hasta 20 o 30 en vez de hasta 10, pensar más los actos propios, no caer en actos que interfieran mi paz interna, ser menos pasional y pensar bien -en lugar de mucho- antes de asumir una causa ajena. Es excelente mostrar preocupación por los demás, pero si involucra descuidarse a uno mismo -como lo estuve haciendo- la bondad desinteresada puede terminar en un acto torpe, inmaduro e incomprendido.

Termina agosto y hacen muchas ganas de salir afuera y recuperar el tiempo perdido. Comienza septiembre, el mes en que inicia la primavera, y aquí se le esperará como corresponde. Comienza el tiempo de valorar los logros pequeños, de apoyarme en quienes están conmigo. Y por último, pero no menos importante, comienza el tiempo de recuperar la confianza de las personas a quienes fallé. Las palabras mayores hechas sueño. Talvez no lo conseguiré ni en un mes, ni en dos, ni en veinte años. Pero hacia allá vamos. Con trabajo personal en lugar de compensaciones desesperadas y actos impulsivos. Hacia allá vamos. Quién sabe si lo logre.

Si solo existiera ese refrán que dijera que no hay rencor que dure... dos años.

- Fotografía de [ Romiau! ]