21 de septiembre de 2007

La primera casa, los primeros años


- Fotografía de FotoDawg

La bienvenida la daba un portón de madera y malla metálica. Arriba, un letrero pintado a la rápida: "Alberto Llona 1156". Al traspasar el portón, se llegaba a un largo camino de tierra por el que a veces entraban camiones. A la izquierda, torres de ladrillos y, al lado, la oficina del jefe de obra. A la derecha, algunos escombros y, más adelante, los baños. Luego de la oficina del jefe venían las bodegas. Eran enormes y nunca vi lo que había dentro. Más al fondo, un galpón techado y algunas cajas de madera a las que me gustaba meterme. Eran entretenidas porque eran de formas poligonales. Más allá, montículos de arena y algunas máquinas mezcladoras de cemento. Y a la derecha, frente a las máquinas, un paso hacia el condominio en construcción donde trabajaba mi viejo.

Pero, al lado de las bodegas, estaba mi primera casa, de madera y levantada casi de emergencia en no más de un mes. Mi viejo consiguió que su jefe considerara construir una casa habitable como parte de las bodegas, aunque la tuviera que levantar él mismo. Originalmente tenía dos ambientes, a los que luego se agregó un tercero. En el primero, cocina y comedor. El segundo era el dormitorio. Y, finalmente, cuando se hizo pequeño el espacio para colocar sillones, la casa se amplió para acoger una sala de estar. Todo, por supuesto, de madera.

Me gustaba el dormitorio, porque tenía una ventana que daba al parrón y por donde entraba la luz del día. Casi junto a la ventana, había una cuna que primero ocupé yo y luego mi hermana. Al lado de la cuna había una cajonera que aún conservo y no recuerdo si además había un armario. Más al fondo estaban las dos camas, una mesa metálica con la suficiente resistencia como para soportar una tele portátil en blanco y negro. En la pared, un botiquín que siempre fue un misterio y que rara vez vi qué contenía.

Eran días alegres. Todos los días mi vieja despertaba antes para hacer el aseo y la comida y me dejaba a mi acostado viendo la tele. Cuando iban de compras al supermercado volvían con paquetes de fideos, conservas, cremas Nivea, Atrix y betúnes de zapato, y me los prestaban para que yo jugara. También tenía un conejo de peluche que perdí en una mudanza o porque ya estaba muy viejo, no lo recuerdo bien. Y el resto del día, lo único que hacía era jugar en el enorme patio o ir a ver cómo trabajaban los maestros al otro lado. También los acompañaba en sus almuerzos, sonorizados con una radio a pilas en donde escuchaban las noticias de la Radio Chilena. Me gustaba saltar sobre la panza del más guatón. Todos me querían. Luego iba a ver cómo instalaban los pisos plásticos y llegaba de vuelta a casa con una carretilla llena de cajas de piso flexit. Al atardecer mi viejo regaba y barría el patio y el camino hacia el portón de entrada, luego de que todos los maestros se duchaban y volvían a sus casas. Extraña cosa era que en mi casa también se comía de noche -y no era lo que quedaba del almuerzo-.

A partir de las 9 de la noche, al ser de madera y no muy aislada del exterior, la casa era fría y, por lo mismo, nos acostábamos temprano. Mis viejos no siempre dormían juntos. Muchas veces a mi vieja le gustaba dormir conmigo porque le daba pena dejarme solo en una cama. Así que a las 9 y media de la noche, hora en que terminaba el Teletrece, ya estábamos bajo 3 o 4 frazadas viendo a la -joven en ese tiempo- Jeanette Frazier o a la Gina Zuanic dar el informe del tiempo y después decir que luego venía el Martes 13, el Mundo no sé cuánto o lo que hubiera. Y así eran casi todos los días.

Hoy de eso no queda casi nada. Todo, salvo el condominio, fue echado abajo. La numeración exacta ya no existe. Al menos el condominio fue bautizado con el apellido de alguien muy inteligente: el Pasaje Einstein, en la comuna de Maipú, le recibirá con una reja firme y un citófono en la entrada. Al lado, encontrará una enorme ferretería, en los mismos amplios terrenos en donde estaba mi casa.

Dando vuelta la esquina, vivía el zapatero de quien mi viejo se hizo muy amigo. Pero de eso escribiré otro día.

7 comentarios:

  1. +.* Qué lindo relato ... La primera casa; en mi caso... Vivía en la comuna de La Florida, en lo que en esos momentos (1983) eran potreros y campos... Todo quedaba lejos, me cuentan mis tíos y papás... Ahora viven mis tíos ahí mismo, donde nací... A los 2 ó 3 años me fuí a vivir a la cisterna, paradero 18... metro Lo Ovalle, de esa casa tengo recuerdos lindos, las primeras amistades... y el primer admirador...
    =) Gracias por evocar recuerdos de mi niñez santigüina, ahora que vivo en Coquimbo
    Saludotes!

    Feliz Primavera !!

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  2. ¡Preto!, yo paso todos los días por Alberto Llona, el pasaje Einstein es el que esta cerca del Colegio San José y al otro lado hicieron una tremenda tienda ferretera que se llama Imperial. Todos los días paso por ahí (excepto ahora que estan repavimentando Alberto Llona) camino al colegio. Yo estudio en el Instituto O'higgins... ¿lo conoces?.

    Saludos.

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  3. Recuerdo vagamente haber entrado alguna vez al Instituto O'Higgins. Mi vieja me llevó a matricular ahí, pero no recuerdo por qué me rechazaron, si fue porque no tenían Kinder o porque ya sabía leer...

    Al final hice parte de mi 1o básico "como oyente" en una escuela numerada. Hasta que me cambié de casa.

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  4. =S


    paso, no tengo idea de nada!

    jejjejejej...



    besos!

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  5. Yo recuerdo una especie de ferretería por esos lugares cuando era muy niña, donde íbamos con mi abuelo a buscar gravilla (así se llaman esas piedras chiquitas para hacer las construcciones?) para terminar una pieza adicional en mi casa.

    No sé si hablamos de lo mismo, pero me hiciste recordar bellos momentos de mi infancia =P

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  6. Mi primera casa en Antofagasta sigue estando ahí. Claramente no es el mismo barrio, y eso me causa más de alguna pena.
    Viví en varios barrios allá.
    Y me quedo con el actual depa de mis padres.
    Cerca de la U. Cerca de mis amigos nortinos.
    Ahora me tengo que acostumbrar a mi barrio santiaguino.

    Abrazos.

    Tu blog está cada día más lindo.

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  7. Mi primera casa, de ella recuerdo el sabor y olor del pasto (si, me lo comia :S), el sabor de las ciruelas verdes, el sabor del lavalozas Rash (me encantaba chupar la esponja wakala!!), de un enchufe que estaba detrás del sofá, y en el que yo metí un dedo a pesar de la prohibición, de las manzanas ralladas de mi abuela, mientras oia la radio Portales de una escalera infinita (y que son 35 peldaños) y un olor rico en primavera, cuando todo florecia. Un poco más grande (3 años) me trepaba al entretecho y pasaba horas mirando a contraluz las particulas de polvo, imaginando que eran luciérnagas bebés.

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