22 de julio de 2006

Carreteras


Un día estaba escuchando Headlong de Queen y me imaginé manejando por la carretera a todo chancho. Es uno de mis pensamientos más frecuentes. En una circunstancia como esa me darían ganas de mandar todo a la cresta. No sé por qué asocio esa canción con mi veloz huída a 120 por hora. Será porque siempre cuando pensaba en carreteras estaba deprimido, y pensaba que si la musicalizaba de esa manera estaría compensando mi tristeza. Me acuerdo que hace un par de años le conté lo de mis depresiones en la carretera a un amigo y me dijo que sería bueno que se lo dijera a un psicólogo. Hasta me dijo que le mostrara mi página web para que leyera mi columna. Hoy no visitaría a un psicólogo ni por casualidad. Todo el mundo me dice que los que realmente valen algo la pena son los psiquiatras, y los psicólogos sólo se encargan de quitarles la pega. Pero tampoco me dan ganas de visitar a un psiquiatra. Terminar adicto a fármacos sería lo último.

Ya terminé mi práctica y es tanta la necesidad de alguien que maneje la máquina de los helados que me dejaron trabajando todo el verano. Eso sí, pedí una semana libre porque no había descansado nada. Es decir, terminé mis exámenes el año pasado, comencé la práctica y no paré. Pensé que sería bueno hacer visitas a algunas amistades olvidadas el resto del año, pero mi suerte no me acompañó, pues no es muy común para el resto de la gente estar en sus casas estos meses. ¡Todos salen y nadie contesta el teléfono! Si no es porque están trabajando (de lunes a domingo), es porque están en casa de otro amigo o amiga, o la excusa más barata: "fue a comprar y vuelve luego". Así que me tendré que conformar con el peor de los escenarios: quedarme en casa descansando a pata suelta, según cómo se lo dije a mi jefa de la confitería. Pensandolo bien, casi caí en lo que caen muchos depresivos: llenarse de actividades para no pensar cosas que los lleven a deprimirse.

Cierto día llame a unos pocos personajes usando mi celular recién recargado gracias a algo de plata que había ganado en mi práctica. Es la única forma que tengo de llamar por teléfono que no es ir a un teléfono público y que me coma la moneda. Dejé de ver teléfonos fijos en mi casa hace años. Me sentía triste y creo que no me hizo nada bien comprobar la triste realidad de los meses de vacaciones para quien se queda en Santiago, peor aún un sábado en la noche. Comencé a llamar a gente que yo sabía que podía estar en Santiago. Aún así me fue mal. Muchos no contestan ni el celular, seguramente porque se encuentran vacacionando a la Xuxa del mundo o porque se toman sus vacaciones en serio y se desconectan de Santiago (¡qué envidia poder hacer eso!). Llamé a Princesilla (por razones obvias mantengo su identidad en reserva). Cuando escucho su "hola" me recuerda inmediatamente el comercial de los chocolates, en que un aprendiz de galán termina debiendo (y comiéndose) el regalo de cumpleaños de su amiga. La voz de aquella amiga del comercial me parece idéntica a la de Princesilla. Sin duda su voz es lo que más me gusta de ella, aunque guardando las proporciones, claro, porque se trata sólo de una amiga. Pero un brusco y apresurado "luego hablamos" con sabor a "no puedo" o peor aún, a un "no quiero", no era algo que me ayudara en el momento. Fue triste.

Luego llamé a otra persona de la que tambien me reservo su nombre y sólo diré que es de los misioneros de Sta. Bárbara. La grabación del buzón de voz de esa chiquilla me parecía tan cálida, pero tan fría para mí, porque sabía que las cosas no estaban bien, que esa calidez era para otros, nunca para mí. Me sentí miserable y lancé un grito que no creo que haya servido para otra cosa que espantar a mi gato. Estaba triste. Miraba las listas de teléfonos de los misioneros de Santa Bárbara y de Coelemu y era tal mi tristeza que no lograba ver bien los números. Mi llanto me hacía ver todo borroso. Me tiré sobre mi cama y me pregunté por que tenía que pasar por una desesperanza tan grande de sentir que todo el mundo estaba lejano, que racionalmente me parecía una pelotudez echarme a morir porque apenas dos personas me rechazan, pero que de todas formas eso me hacía sentir pésimo.

Descansé un rato y me acordé de una amiga que hice en las misiones del verano pasado y que había visto después de mucho tiempo luego de un control. Luego del saludo, su forma de acogerme me alivió algo de la tristeza que sentía. Pero otra vez se repetía lo mismo, otra vez no podíamos acordar un día para juntarnos porque ella trabajaba toda la semana durante todo el verano, con el fin seguramente de juntar plata para ir a misionar a Paraguay, lo que para ella era lo máximo, nada que ver a las misiones de la PUC... Mientras conversaba con ella, seguía pensando en lo patético que resultaba todo, esas veces en que recibía un "yo te llamo" o un "hablamos luego", pero que sabía de antemano que no eran más que un "no" para sacarme de encima mi insistencia en acordar una cita para que finalmente nos quedemos sin tema de conversación a los cinco minutos de haber comenzado y que mientras disimulamos nuestro aburrimiento nos demos cuenta que sólo estabamos perdiendo el tiempo. Llegué a pensar en que en realidad esos "no" eran para mejor, que era la otra persona la que estaba más consciente que yo de la inutilidad de mi propuesta, de que siempre el tema de conversación termina siendo algo así como "yo y mis trancas huevonas..." y que en realidad sí tenía sentido -y mucho sentido- lo que la Dani me dijo hace cinco años: ese "conversar, pero... ¿de qué?" cobraba un sentido que no había tenido nunca antes. Mientras pensaba todo esto, hacía esfuerzos por tratar de traspasar estas ideas a mi amiga, talvez con la ilusión de que aquella hermosa persona que vi después de la prueba y que entendió todas mis frustraciones y deseos (y más que eso, los encontró válidos), ahora pudiese entender este enorme malestar. "No, no me parece patético..." dijo ella. "Eso es lo que pasa, siempre me dicen frases bonitas, como aspirinas, para mantenerme tranquilo. Nunca me dicen la verdad..." le dije. "Es que si te digo que sí, quizás qué cosas vas a hacer..." respondió ella, quizás resucitando esa actitud que un día me prometió, de ser siempre sincera conmigo. "¿Te das cuenta?" le dije con rabia. "Willy, para tu autoflagelamiento..." fue su respuesta. Era claro que no conseguiría nada. Ahí me di cuenta por mí mismo que, al menos en ese instante, no tenía sentido conversar de nada y en cambio sí tenía sentido cerrarme, esa actitud que todo el mundo quiere que deje de lado.

Al final, a veces resulta ser que recurrir a otras personas es como ir por una carretera y mirar hacia los lados: a veces hay algún servicentro o algún teléfono de emergencia, y otras veces, nada. Me imagino una de esas carreteras de las películas gringas, bien perdidas entre montañas y algo de vegetación silvestre... o aún peor, en el desierto: absolutamente nada a la vista. Al final de todo descubrí por qué me deprimen las carreteras. Es como huir del vacío, de la soledad (mansa novedad), esa soledad que causa no tener a nadie o sentir que no se puede recurrir a nadie, y aunque son dos cosas distintas, se parecen tanto en momentos de depre.

Y sólo me puede sacar de eso una voz acogedora, pero no grabada. Ojalá un "te quiero" o un "me acordé de ti" dicho de corazón, no por cumplir ni por lástima (claro, en el caso de una mujer, o alguna frase ad-hoc en el caso de un masho, no se vaya a pensar mal). El mejor exterminador de paranoias jamás inventado.

(Febrero de 2004)

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