9 de septiembre de 2005

Another micro story

Creo que no odiaba tanto las micros como las odio ahora. Como mi casa ahora está hacia el otro lado, tengo que esperar la micro en la vereda de al frente. Al estar a un nivel inferior, cuando llueve toda el agua se acumula hacia ese lado y los gorilas de mierda pueden pasar rajados y empaparte si quieren. Total, a ellos les importa una soberana hueva. Y para tomar la micro en la tarde, tengo que hacer hora hasta las 8 y media (si me desocupé a las 6, mala suerte no más, hacer hora no más hasta las 8 y media) porque todas las micros por Vicuña Mackenna hacia el sur pasan llenas, producto de una gestión de flota que es como el soberano traste.

Aunque hay cosas que me dan risa. Por ejemplo, el miércoles pasado nuestro chofer de micro, en su afán de ser útil, atestó la micro subiendo pasajeros por la puerta de adelante. El resultado fue que la puerta de adelante se trancó. Sí, tal cual. Así que los que estaban adelante y querían bajarse tuvieron que atravesar toda la micro llena. Imagínese las viejas gordas con bolsos. Un verdadero espectáculo. Hubiese sido entretenido si una niña buenamoza hubiese estado a mi lado en ese momento. Por desgracia, en vez de curvas perfumadas de rosa había guatas perfumadas de sobaco, lo que no lo hizo muy agradable. Pero que la puerta haya llegado a atrancarse... fenómeno.

Al otro día (o sea, ayer) tomé la misma línea de micro, a la misma hora. A los cinco minutos, a uno de los escolares que se iban atrás entre conversa y conversa con su grupo se le salió el incidente del día anterior. "No te he contado ná, en la micro de ayer la puerta de adelante se trancó..." Yo me contuve la risa. Es de esos momentos en que me río en la fila y no me importa que me vean así. Aunque me veo tentado a pensar que eso de los días consecutivos y los mismos dentro de la micro comentando lo que pasó el día antes es una muestra de un mundo que parece chico.

Luego de un rato, un señor con olor a aleta producto de trabajar como gil todo el día me hace una seña para que ocupe el asiento que se acaba de desocupar. Cuando me senté, me comencé a relajar de tanto "reirme en la fila pa' calla'o". El micrero iba escuchando la Imagina y al rato ponen Navegante de Eduardo Gatti. Me acordé de las misiones del verano, cuando mientras volvía con mi comunidad a la escuela donde alojábamos me había conectado el walkman y escuchaba la misma canción entrecortada en una radio local, mirando hacia afuera sólo árboles y una que otra casa, señaléticas de "inicio de zona urbana" y cosas así.

Iba a llorar, pero como estaba con gente, me contuve.

Parezco títere de mis propias emociones. No es bueno. Aunque hay que darse de vez en cuando la licencia de expresar emociones hacia afuera. Pero no todos los días.

1 comentario:

  1. Muy buena la historia...claor que no habría sido tan buena para mí si yo hubiese estado ahí...

    No contenga sus emociones lindo que para eso están...besos

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