26 de febrero de 2005

Soy apostador y la gota que rebalsó el vaso

Hoy sábado 26 de febrero a las 1:45 de la mañana, mientras quienes no estan de vacaciones carreteando y divirtiéndose a destajo -porque ese es el estilo de vida que se está llevando, del cual obviamente no formo parte- están durmiendo, me tomo el teclado para decir que soy un apostador compulsivo. Aunque en mi vida he comprado con mi plata algún cartón de juego de azar y mucho menos he apostado a los caballos o en algún casino de juegos, declaro que soy un vil apostador. Me acostumbré a recibir recompensa por todos y cada uno de los esfuerzos que hago. No tengo que ir muy lejos para darme cuenta, sólo basta revisar el triste mundo de los llamados por teléfono. Me vi forzado a abandonar un mundo en el que el precio de llamar por teléfono no superaba los $5 por minuto (línea telefónica residencial) para terminar en otro en el que el mismo minuto cuesta $120 (celular de prepago en horario económico). Debo contentarme con una tarjeta de $3500 mensual gracias a la Fundación Mi Hermana. A ver, dividamos por 30 días para ver qué sale: se me permite gastar $116 diarios en teléfono. Si el minuto vale $120, puedo hablar 0,972 minutos diarios (app.), esto es, 58 segundos (app.). Esto no es vida para nadie.

¿En qué terminan estos llamados comúnmente? Frecuentemente terminan en invitaciones para conversar en persona. La probabilidad de aceptación de estas "desinteresadas" y "pobres" invitaciones ronda el 10% o 20%. En vista de este desolador escenario, más vale escoger a las personas/situaciones/horas más favorables para incrementar este magro desempeño. Pero dejando de lado el sarcasmo (corrijanme si usé mal el término), esto nos deja ver algo demasiado triste, y es que hoy en día la gente en general vive demasiado ocupada y por comodidad no se hace el tiempo para romper la rutina del día a día. Los motivos para rechazar invitaciones llueven y son de los más diversos tipos y aunque podría pensarse en que frecuentemente son pretextos, en mi caso personal casi siempre son motivos verdaderos y válidos. Y todo ello por la clásica vida universitaria o laboral (la de algunos, los que no tienen ni uno y, obvio, los "egresados") en que hay que correr de un lado hacia el otro para cumplir con todo. Y así como hay gente que valora más cumplir con los deberes del trabajo o del estudio, habemos otros que, de vez en cuando, nos salimos de lo de siempre para dedicarnos a otra cosa, algún hobby o simplemente descansar. Y ambos mundos a veces entran en conflicto. Porque el problema no es descubrir si el motivo de rechazo era una excusa o un motivo "válido". Es sencillamente que... ¡otra vez nos quedamos sin cita!

Por desgracia, esta situación se me repite mucho, con personas diferentes o en circunstancias distintas. Cuando la otra persona se lo toma personal, ello introduce una complicación adicional. Y si consideramos que la historia me pesa, ello ya desemboca en un desastre de marca mayor. Porque queda la tarea de explicar a la otra persona que no es "su culpa", que no se trata de una persona descorazonada que se niega egoístamente a compartir su tiempo con uno valiéndose de algún pretexto para "correrse", sino que en ningún momento dudamos del motivo que usó para negarse a nuestra (vuelvo a repetirlo) "desinteresada" propuesta, y que, aún más, el desencuentro es nuestra culpa, por la incapacidad de deshacernos de la "mochila" de experiencias similares que guardamos como penosos recuerdos del pasado y que siempre estuvieron llenando el vaso casi a tope. Un problema similar, que pudo ser del tamaño de una mosca (pero que "se parecía" a estas experiencias del pasado) es un potencial provocador del arrebalsamiento de nuestro vaso.

Las cosas que me pasan no me extrañan en lo absoluto. Soy un vil teenager con la edad (y sólo la edad) de un adulto joven. No sé hacia dónde voy, no hablo con mi viejo, me siento torpe a veces, ese tipo de cosas. Estoy viviendo etapas atrasadas, tratando de aguantar lo que venga, guardando enseñanzas en el disco duro y esperando que no se borren al día siguiente y, desde luego, esperando que este desencuentro por el que estoy pasando no llegue a durar un año. El show debe continuar, Pretoriano. Así que de pie, a sacudirse la tristeza, aprovechar el fin de semana para reflexionar y que esto no vuelva a ocurrir. Y a seguir caminando.

Cambio y fuera. 2:40. Casi una hora escribiendo todo esto... WOW!

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