21 de enero de 2005

Regreso al mundo real.

Porque donde estuve definitivamente no era un mundo real. No. Hasta que sales a la calle.

Todas mis misiones han tenido un ingrediente amargo, pero lo de este año fue un hoyo. No creo que me queden ganas de plantearme de la misma manera para la próxima. Talvez no haya próxima. Y uno se tiene que comer completitas las palabras que algún día recibió: "te recomiendo que no vayas". Lo más triste de todo es que tendré que pensar, hacer el balance de lo bueno y lo malo y decidir si vale la pena seguir siendo misionero o llenar mi vida con otra cosa. Porque no puede ser que otra vez más se repita el mismo cuento del misionero-niño-problema, que juega a freakear al resto y, ayudado por uno que otro rollo personal de los otros y la misma presión y cansancio que implica ser un misionero peregrino, terminar rompiendo los lazos dentro de una comunidad y haciendo desear a mi jefe de comunidad nunca más volver a serlo. Mis gritos se los llevó el viento. Mi firme decisión de dejar de ser cristiano católico se hizo añicos cuando después de mi rabia vi un corazón de estrellas en el cielo. Seguramente el de arriba no quería que yo lo dejara plantado en su plan y por ello volví a tomar mi cruz, la misma que en un arrebato mandé al bote de basura (literamente).

Juro que nunca imaginé las consecuencias de mis actos.

Los quiero a todos. Y ojalá que las cabras chicas misioneras... (calla Pretoriano, calla...)

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