3 de enero de 2005

Familia enferma, abrazos tristes

Los años nuevos en mi familia son tradicionalmente fomes. Ibamos a ir a ver los fuegos artificiales de la torre Entel pero a mi hermana no le gustaba la idea, talvez porque ella sí que es media elitista y no paraba de decir que íbamos a estar en medio de todos los flaites. Así que no fuimos.

La tele mostraba un carnaval de tetas y potos y un locutor en off a cada momento gritaba cuántos minutos faltaban, además de una que otra frase para el bronce. Recuerdo que cuando era chico y estábamos los cuatro, mi viejo ponía la música fuerte, se hacía la mega-cena de año nuevo, estrenábamos ropa nueva y todo esto no importando que hubiera poca plata. Siempre se hacía algo. Ahora no. Se espera el año nuevo viendo tele y después de las 12 se ven los fuegos artificiales también por la tele, pese a que por aquí también hay de esos fuegos. Pero como el cerro desde donde se tiran está lejos y hay otro cerro en medio que lo tapa todo, ni me molesté en salir a verlos.

Cuando falta un minuto para el gran momento gran, mi viejo tiene ganas de estallar en llanto. ¿Por qué? Porque, por un lado, es viudo y echa de menos a mamá. Por otro lado, había planeado con su polola que nos juntáramos todos en la torre Entel pero como ya dije, mi hermana no quería. Y por último, siempre hay que hacerle un espacio a todo eso que mi viejo se guarda dentro y no suelta. Mi viejo es imágen de mí en casi todo. Después el abrazo y mi viejo diciéndome "confíe más en mí, atrévase a confiar en su padre..." como si para mí fuera tan fácil.

En mi casa los abrazos de año nuevo no son felices. No es que me esté quejando. Es que ya no están los tiempos...

Mi viejo siempre decía que, cuando se pusiera a pololear de nuevo, nosotros seríamos lo más importante. Y así fue.

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